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. ¿CAMINOS DE SOLUCIÓN?

"El hecho de que ahora nos volvamos hacia la ecología no denota más que una insatisfacción, no una decidida voluntad de cambiar nuestras formas de vida; no -como sería preciso- una sustancial mudanza en la creación y utilización de la energía, en la agricultura, en el comercio y en la política de ayuda al desarrollo (ni siquiera en la dirección que esta deba seguir). Es por esto por lo que a menudo pienso si no será la ecología un pretexto con que distraer a las mentes más inquietas, a los jóvenes desentendidos de la política, igual que una mampara que se pone para ocultar aquello que puede hacer saltar la casa y que sólo beneficia a quienes la pusieron" (Antonio Gala)14.

Ante la problemática que acabamos de exponer, ha habido todo un esfuerzo colectivo por intentar encontrar vías de salida. A continuación veremos algunas de las cuestiones clave de estas iniciativas, que nos puedan servir para nuestra reflexión.

2.1. Del desarrollo inviable al desarrollo sostenible

En el año 1987, una "Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo" publicó un documento titulado "Nuestro futuro común" que se conoce como el "Informe Brundtland" en el cual se proclamaba la necesidad de trabajar en la dirección de un "desarrollo sostenible". Desde entonces, esta expresión ha pasado a formar parte de los tópicos compartidos en los ambientes relacionados con la cooperación internacional. De hecho, la propuesta del "desarrollo sostenible", como su mismo nombre sugiere, es un intento de afrontar de manera integrada un doble desafío de nuestra humanidad: por un lado, la situación de pobreza en que vive una gran mayoría de la población de nuestro planeta; por otro, los retos planteados por los problemas medioambientales de que hemos hablado anteriormente.

Vivimos en un mundo profundamente marcado por la existencia de una pobreza masiva. Las cifras aterradoras de los sucesivos informes del PNUD no dejan lugar a dudas. Un sentido básico de humanidad reclama trabajar para ir superando esta situación. De hecho, después de la II Guerra Mundial, se abre una etapa de nuestra historia en la que la distancia económica entre los países del norte y del sur se entiende como una llamada al "desarrollo". Se considera que los países más ricos deben ayudar a que los más pobres aumenten su nivel de vida: el objetivo sería una cierta igualdad. De esta manera, la pobreza en el mundo se entiende como una situación de falta de "desarrollo", como una especie de "retraso histórico" de algunos países en un camino hacia la prosperidad económica, representada paradigmáticamente por Europa Occidental y los EE.UU.

Así, la lucha contra la pobreza se convierte en la lucha para el "desarrollo" de los países en los que se da una pobreza generalizada. El interés estará, pues, en "el crecimiento de las economías" más pobres, aumentando cuantitativamente su capacidad de producción y de consumo.

Ahora bien, en los años 80 ya quedó claro que no es viable un desarrollo económico de toda la humanidad según los modelos de la industrialización europea y norteamericana. Los estudios sobre ecología, niveles de contaminación y ritmo de extracción de recursos naturales no renovables nos muestran que no es posible que una humanidad que superará los 9.000 millones de habitantes en el siglo que viene viva con el ritmo de consumo de los europeos de hoy.


Si imaginamos 6.000 millones de habitantes, la población actual, produciendo (y consumiendo) en las cantidades y del modo en que lo hacemos en el mundo "desarrollado", podemos decir sin miedo a equivocarnos que en el plazo de pocos años, el sistema económico quedará colapsado por falta de recursos naturales. Además, los niveles de contaminación se dispararían de manera espectacular. Dejaríamos un mundo hipotecado a las generaciones futuras. O, mirado de otro modo, si queremos que nuestros nietos encuentren recursos en el planeta de manera que puedan continuar un estilo de vida similar al nuestro, parece que una buena parte de la humanidad tendrá que seguir viviendo en una pobreza similar a la de la actualidad. En definitiva, deseamos tres cosas que son incompatibles: un estilo de vida similar al de los países ricos; extendido a toda la humanidad; y que esta situación se mantenga indefinidamente a través de las generaciones.

Tal vez algunos piensen que estamos exagerando, al modo de los "profetas de calamidades". Ciertamente, no hemos de dejarnos llevar por la falta de confianza en la capacidad de reacción de la humanidad, que nos llevará a ir encontrando soluciones a todos estos problemas. De todos modos, sí que vale la pena hacer una seria reflexión. Cuando se habla de un "colapso ecológico" o de una situación que pone en peligro la vida humana en el planeta, tal vez nos imaginemos una especie de "desastre nuclear" como si nuestro planeta tuviese que explotar o quedar reducido, de la noche al día, a un desierto inhóspito, como algunas películas de ciencia ficción han imaginado. Pero seguramente, no es una forma realista de ver las cosas. Más bien tendríamos que pensar que, si nuestro mundo llega a un punto límite en lo que se refiere a las condiciones de vida humana, no se manifestaría como una especie de "catástrofe mundial", sino, en primer lugar, mediante la muerte de los segmentos más débiles de la humanidad. Es la suerte de los más débiles lo que nos indica si estamos o no en una situación límite.

Si lo miramos así, tal vez no nos resulte tan extraño hablar de un colapso ecológico o de una humanidad que está rozando los límites de su viabilidad. Por lo menos, si miramos la situación de millones de hombres y mujeres de nuestro mundo.

En cualquier caso, se plantea la necesidad de hallar nuevos modelos de producción y de consumo que sí sean viables para todos, ahora y en el futuro. Esta sería, en principio, la propuesta del Informe Brundtland, que define el desarrollo sostenible como "el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus necesidades". De este modo se pone en juego lo que se ha venido a llamar "solidaridad intergeneracional".

Las instituciones internacionales han aceptado esta propuesta, al menos en su discurso oficial. Así pues, en los documentos aprobados en las últimas Conferencias Mundiales convocadas por las Naciones Unidas, se ha pedido reiteradamente un progreso en el sentido de un desarrollo sostenible15.

2.2. Internalizar los costes ecológicos

Se trata de combatir una economía que no tiene en cuenta factores como el agotamiento de algunos recursos naturales o la contaminación del aire y de las aguas. Estos factores, considerados "externos" a la economía empresarial, se denominan "externalidades". Recursos naturales y medio ambiente no forman parte de la economía según las teorías económicas clásicas. Equivale a aceptar la suposición de que los recursos naturales y el medio ambiente son ilimitados. Se diría que el medio ambiente puede recibir contaminación sin alterarse; y que la extracción de recursos no representa una pérdida de "capital natural", sino una "producción" de riqueza16.

Por ejemplo, supongamos una fábrica de productos químicos instalada en un país europeo donde la legislación de medio ambiente es muy permisiva, de modo que no se controlan las emisiones contaminantes (humos lanzados al aire, agua caliente y contaminada de productos químicos que se vierte en un río). Esta fábrica produce, pongamos por caso, disolventes para pinturas y puede venderlos a un precio "p" en las condiciones de producción citadas.

En este caso, el agua del río y el aire contaminados por las emisiones de la fábrica no afectan al precio del producto. Son factores "externos" al proceso económico porque no tienen un valor en dinero.

Imaginemos que el gobierno del país aprueba una ley que carga un "impuesto medioambiental", con un valor proporcional a la cantidad de materia contaminante emitida. Automáticamente, el coste de la producción aumentará en una cantidad determinada. La producción del disolvente se hará ahora al precio "p+p1". El hecho de verter contaminantes al río no representaba ningún coste de producción; ahora impone un coste monetario sobre la producción. Así, la contaminación que antes era un factor externo, se ha "internalizado" en la economía del proceso de producción.

Si el gobierno actúa de forma coherente y destina el dinero procedente de este impuesto a la depuración de los ríos y del aire, además de haber internalizado el coste medioambiental, se estará consiguiendo una producción limpia que no destruya el medio ambiente.

Este es el caso de los "ecoimpuestos", que ya se han probado con éxito. En Suecia, entre 1980 y 1995, mediante una política de impuestos, el gobierno ha conseguido reducir las emisiones de óxido de azufre (causante de la lluvia ácida) y ha eliminado la gasolina con plomo. Otros casos podrían ser los de Dinamarca, Noruega o Alemania. También es paradigmático el caso de Malasia en donde una ley de 1974 obliga a pagar una cuota por verter residuos en las aguas públicas; el resultado ha sido una disminución espectacular de los vertidos contaminantes (de 222 a 5 toneladas diarias entre 1978 y 1984) procedentes de la producción de aceite de palma, aun habiéndose triplicado la producción de la misma17.

Pero, volviendo a nuestro ejemplo, podríamos dar un paso más. Si el gobierno prohibe taxativamente cualquier tipo de vertido de contaminantes, la fábrica de disolventes tendrá que instalar filtros, depuradora de aguas y un proceso de eliminación de contaminantes. Ello implicará un coste que repercutirá en el precio final del producto. Tendremos, pues, un precio de "p+p2". Con ello podremos mantener un medio ambiente limpio.

Tal vez algunos piensen que este incremento "p2" es un precio demasiado alto. Que el "lujo " de conservar el medio ambiente nos resulta demasiado caro. Habría que discutir, por supuesto, si realmente estamos hablando de un "lujo" o si está llegando el momento en que se trata de una auténtica necesidad. Pero no hay que olvidar que, cuando no tenemos en cuenta eta prohibición de contaminar, de hecho se está poniendo un precio irresponsablemente bajo a la producción. Por que "ahorrarse" la limpieza del medio ambiente no constituye un ahorro, sino una irresponsabilidad. Lo cierto es que la producción del disolvente tiene un coste ambiental real. En el primer caso de nuestro ejemplo, no es que el coste de producción sea inferior. Lo que ocurre es que parte del coste real de producción no se considera como tal: está "externalizado". Se vende a un precio "p", inferior al coste real de producción. En realidad se produce un engaño. Estaríamos escondiendo la cabeza debajo del ala para no ver la realidad.

Es muy irresponsable, pues, la manera de proceder de muchas empresas que, cuando se enfrentan a la obligación de integrar los costes medioambientales en su producción, reaccionan trasladando las fábricas a países del Sur. Con este proceder, fomentan el paro en su país de origen. Y todo por obtener el máximo beneficio económico privado.

2.3. ¿Desarrollo? sostenible

El ejemplo anterior es aplicable al caso de la contaminación evitable por medios técnicos. Pero resulta mucho más difícil de aplicar en otros casos, como en el de los recursos naturales no renovables o en el de la pérdida de la biodiversidad. Podemos evitar la contaminación de los ríos construyendo depuradoras de agua. Pero nuestros automóviles y centrales térmicas no pueden funcionar sin que disminuyan las reservas de petróleo. Hay algunos bienes naturales cuyo precio ha de ser razonable.

En cuanto a los recursos no renovables, un principio razonable podría ser el de "renovación tecnológica"; consistiría en decir que la tasa de disminución de un recurso natural no renovable debería de ser inferior o igual a la "tasa de renovación tecnológica" que nos permitirá prescindir de dicho recurso natural en el futuro. Esto es algo muy difícil de llevar a la práctica de una forma concreta. Porque esta "tasa de renovación tecnológica" no es calibrable a priori. Se precisan decisiones de tipo político, que exigen un trabajo cultural previo. De todos modos, el principio de "renovación tecnológica" valdría como orientador de las reflexiones y valoraciones en torno a este tema.

En cuanto a los problemas de los "cambios irreversibles" en la naturaleza como es la pérdida de la biodiversidad, la desertización o el cambio climático, tenemos que decir que nuestra ignorancia es todavía mayor. No tenemos la capacidad científica que nos permitiría predecir cómo será el mundo después de estos cambios. En todo caso, creo que hay dos principios válidos: en primer lugar, tenemos que confiar en las posibilidades de nuestro planeta y de la humanidad para encontrar soluciones satisfactorias; en segundo lugar, tenemos que evitar destrucciones inútiles o poco útiles.

Por último, no debemos olvidar que hay quienes piensan que el problema es más global y profundo , hasta el punto de considerar que la expresión "crecimiento económico sostenible" es contradictoria en sí. El crecimiento económico indefinido -dicen ellos- es una ilusión peligrosa. La realidad es finita y no se puede soñar con un crecimiento infinito. La realidad no da tanto de sí. Además, un crecimiento indefinido tampoco garantiza un crecimiento en humanidad o en felicidad.

Según ellos, el sistema económico capitalista funciona precisamente sobre el presupuesto (no realista) de este crecimiento indefinido. Producimos cada vez más riqueza y, de este modo, mantenemos viva la economía. Ello queda reflejado en la búsqueda de mercados cada vez más amplios para los productos de los países industrializados y en la creación de "nuevas necesidades" (haciendo necesario lo que antes era conveniente y conveniente lo que antes era superfluo). El sistema productivo sería como una locomotora que siempre tuviese que ir acelerada, aumentando constantemente la velocidad.

Habría que reformular todo nuestro sistema de producción y de consumo, pero no a modo de "corrección técnica" para eliminar algunos efectos no deseados, sino de forma radical. Se trata de cambiar los presupuestos de nuestra economía. En este sentido, se ofrece como paradigma alternativo la forma de vida de algunas sociedades rurales que son modelos de producción y de consumo sostenibles... pero que son totalmente ajenas al la idea de "crecimiento económico". En este punto radicaría una de las cuestiones más polémicas de la ideología ecologista y que divide a "radicales" y "reformistas". El futuro nos dirá como actuar. Sin embargo, más vale que no nos despistemos.

2.4. El intento de cargar la "factura ecológica" a los pobres o dos falacias a evitar

En los encuentros internacionales celebrados en los últimos años, se ha intentado negociar actuaciones comunes para hacer frente a los problemas medioambientales. Entre los puntos que se ponían sobre la mesa de discusión, vale la pena mencionar dos, por la conexión que tienen con las relaciones Norte-Sur. Se trata de la correlación entre ecología y población, y entre ecología y pobreza. Estas correlaciones se utilizan, a veces, para cargar la "factura ecológica" en las espaldas de los países del Sur. Se dice que superpoblación y pobreza son causas del deterioro medioambiental. Y, en consecuencia, se intenta que la responsabilidad de los problemas ecológicos recaiga sobre los países con el índice más elevado de pobreza o de crecimiento demográfico. Es importante que examinemos, aunque sea muy brevemente, estos dos aspectos de la cuestión ecológica.

a) Ecología y superpoblación

En este primer caso, se afirma que una de las causas de la degradación ambiental es la superpoblación. La "presión demográfica" ejercida sobre el medio natural es una causa de los problemas ecológicos. Una población con un crecimiento importante implica una sobreexplotación del medio en el que vive.

Esto es cierto en determinados lugares, como algunas zonas de África, con un clima próximo al desértico y que ven como su escasa vegetación es destruida por la ganadería y la recolección de leña. También es cierto en otros puntos del planeta: en Guatemala se produce una fuerte deforestación de tierras vírgenes que se convierten en tierras de cultivo.

Pero todo esto no es más que una apariencia. La cuestión, si se quiere examinar fríamente, es: ¿existe una correlación objetiva entre "superpoblación" y "destrucción del medio"?

Para responder a esta pregunta, primero tendríamos que definir qué entendemos por "superpoblación". Si entendemos por "superpoblación" aquella que supera la capacidad del país para alimentarla, llegaríamos a la absurda conclusión de que Holanda está despoblada (con 1.044 hab./milla cuadrada) mientras que Sudán (con 27 hab./milla cuadrada, es decir, con una densidad de población 38 veces inferior) está superpoblado. Es la ausencia de una tecnología adecuada lo que produce la "superpoblación". En Sudán no se produciría la destrucción del medio por la recogida de leña, si su población dispusiese de un suministro de combustible que hoy en día no puede permitirse. No olvidemos que, para los pobres, es más urgente el hambre de hoy que el medio ambiente de mañana. No se puede pedir otra cosa.

Por otro lado, los hechos indican que no existe correlación entre superpoblación y problemas medioambientales. El ejemplo de Guatemala que acabamos de citar se entiende de diferente manera si pensamos que en aquel país el 2% de los propietarios acaparan 2/3 de las tierras cultivables. Es lógico que el resto de los agricultores tengan que roturar nuevas tierras. Pero, ¿es esto un problema de superpoblación o de distribución Paraguay, uno de los países con más baja densidad de población de América, es uno de los que declara un índice de deforestación más elevado. Argentina y Uruguay, de población poco densa, tienen problemas de salinización de las tierras y de erosión. Del mismo modo, hay que atribuir la destrucción de la selva amazónica del Brasil no tanto al aumento de población, como al intento de evitar una necesaria reforma agraria, impulsando la colonización de la selva.

No puede decirse que el crecimiento de la población sea una causa de la degradación ambiental. Habría que hablar de un conjunto de factores tecnológicos, sociales, políticos y económicos.

b) Ecología y pobreza

La segunda cuestión, relacionada con la anterior, sería la correlación que se ha establecido entre pobreza y destrucción ecológica. Esto ha quedado claro en las discusiones sobre la reducción de los gases del efecto invernadero. En este caso, es evidente que si se miden las emisiones de dióxido de carbono (CO2) por habitante, los países industrializados son los que más contaminan. Canadá y EE.UU. superan las 4Tm por año y habitante; Alemania, Reino Unido, Holanda, Australia y Polonia superan las 2 toneladas. Los países del Sur están muy por debajo de la tonelada de carbono por habitante y año, lo que refleja el gráfico.

Ahora bien, en un informe elaborado por el World Resources Institute y que se utilizó en la conferencia de Río, se establecía una equivalencia entre la emisión de carbono a la atmósfera y la deforestación. Perder superficie forestal, se decía, equivale a perder capacidad de absorción de CO2, y, por lo tanto, equivale a contaminar. Se calculó entonces un valor denominado "emisiones limpias de carbono" que resultaba de sumar la cantidad de carbono lanzado a la atmósfera más la superficie deforestada (en su valor equivalente de absorción de carbono atmosférico). El resultado es que Brasil (que emite mucho menos de una tonelada de carbono por habitante y año, pero tiene un elevado índice de deforestación) aparecía ¡tan contaminador o más que los EE.UU! "¿Ven cómo los pobres , de hecho, contaminan tanto o más que los ricos?", se decía.

Pero aquí se oculta una falacia. Porque cuando se habla de deforestación se está hablando de la pérdida de masa forestal actual o de los últimos decenios. Pero se olvida que los países industrializados han llegado a serlo mediante una intensa deforestación que se produjo en siglos anteriores. Así pues, podría argumentarse que los países ricos de hoy han contraído una "deuda ecológica" con el planeta a causa de la deforestación del pasado. Como mínimo, ¡es muy discutible su derecho a imponer una restricción en la deforestación de los países pobres!

Pero todavía queda por desmentir un argumento. El mismo informe mide estas "emisiones limpias de carbono" por "dólar de Producto Nacional Bruto". Es decir, se mide la cantidad de "contaminación" que cuesta producir un dólar de riqueza en cada país. Así, resulta que los países pobres son mucho más contaminantes que los ricos. Es como si se dijese: "los ricos contaminan más que los pobres, pero es que producen mucha más riqueza; tanta riqueza que, en la práctica, resulta los ricos contaminan menos; los pobres contaminan menos pero es que no producen casi nada. En realidad, para producir cualquier cosa contaminan más que los ricos". En resumen, en los países ricos se produce la riqueza de una manera mucho más "limpia" y "ecológica" que en los países del Sur.

Pero esto es otro engaño18. Porque en estos cálculos, lo que se hace simplemente es dividir las "emisiones limpias totales" de carbono de un país entre su PIB (es decir, la cntidad de riqueza producida en ese país). De esta manera, se está equiparando cualquier tipo de riqueza producida. Evidentemente, en los países ricos se produce muchas más riqueza que en los países pobres. Pero en los países ricos se produce mucha riqueza superflua, mientras que en los países pobres se produce casi exclusivamente lo necesario para poder vivir (¡o malvivir!). ¿Acaso puede valorarse de la misma manera la producción de alimentos de primera necesidad que la producción de bienes de lujo? Un dólar de arroz en Tailandia tiene un valor muy superior a un dólar de perfume en París, porque cubre una necesidad humana muy superior.

En resumen, si queremos examinar las cosas con una cierta equidad, no podemos soslayar el hecho de que los países ricos somos los que más contaminamos. Y no sólo eso, sino que contaminamos en gran medida para producir un tipo de riqueza que es escandalosamente superflua, si miramos como vive la mayoría de la humanidad. Decimos esto no con ánimo de crear una inútil mala conciencia, sino para indicar que vale la pena caminar en una determinada dirección... y esta dirección, en ningún caso pasa por hacer pagar a los más débiles el estropicio ecológico.

2.5. El reto de la tierra... ¡una llamada a la responsabilidad!

Hemos echado una ojeada rápida a lo que podríamos denominar "reto ecológico" para el año 2.000. El panorama es muy interesante. La humanidad está planteándose, por vez primera, de forma global, la necesidad de cuidar la naturaleza en la que vive. De esta forma, responderemos a aquella primera llamada que la Escritura pone en labios de Dios frente al primer hombre. Recién salido de sus manos, Dios "lo tomó y lo dejó en un jardín para que lo labrase y lo cuidase" (Gn2,15). Tal vez nunca como hoy se manifiesta con tanta claridad la oportunidad de escuchar este primer mandamiento: un mandamiento que, como siempre en la Biblia, es un consejo de buen Padre.

Veremos, pues, en el futuro próximo, cómo vamos encontrando un camino de vida a través de los retos de la historia. Veremos cómo sabemos organizar colectivamente una forma de trabajar sin expoliar, de consumir sin depredar. De este modo, seguramente descubriremos formas de vivir más humanas. La "crisis ecológica" pues, nos brinda una ocasión para avanzar. Es también una ocasión para la solidaridad, porque es un problema de todos: la naturaleza no conoce las fronteras políticas, raciales, ni religiosas. Es el reto que la tierra nos lanza. ¿Sabremos recogerlo y hacer de él una oportunidad?

Para que esto sea posible es necesaria una llamada a la solidaridad. La Modernidad ha de aprender a pasar de su "antropolatría" constitutiva a una visión más modesta del hombre como "mandatario" o "administrador" de una tierra que no es suya: no es señor absoluto, sino guardián de la tierra. Este es el reto de fondo.

El "cambio de paradigma" que proponemos implica aceptar que el ser humano no es la instancia única (y ,para un creyente, ni siquiera la última como nos muestra el texto de Gn.2). Es más bien un "hermano mayor" de la naturaleza y, como tal, responsable de su cuidado y llamado a la comunión con ella. Con la "hermana madre Tierra" como dijo Francisco de Asís.

Los hombres ¿sabremos afrontar este reto responsablemente? ¿O preferiremos hacer oídos sordos a todos estos indicios y, tal vez exclamar las palabras atribuidas a uno de los tiranos más grandes de la historia: "después de mí, ¡el diluvio!"?

NOTAS

1. De Pobreza, desarrollo y medio ambiente,col. Intermón 1, Deriva, Barcelona 1992; p.15.

2. De DREGNE, H.E., Desertification of arid lands, a Physics of desertification, F. El-Baz and M.H.A. Hassan. Dordrecht, The Netherlands: Martinus, Nijhoff 1986.

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